domingo, 17 de diciembre de 2017

OFICIO DE LA TINTA

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OFICIO DE LA TINTA




Entendí entonces que siempre es la palabra
quien aprieta el gatillo,
armada de miedos y tormentas,…
Marian Raméntol




En el firmamento de los sonambulismos,
el oficio de la tinta apacienta el palpitar
desbordado del horizonte;
forma la corporeidad de las palabras,
acorde al silabeo de la respiración,
sobre la alberca de la página, la piel de la metáfora,
el océano del tacto en la vendimia del pecho.

Debato desvestido con las alegorías,
los años balbucientes de parábolas;
camino tocando el balcón perseverante de las palabras,
cuento las puertas alrededor del frío,
la sábana del pájaro
que gotea entre la foja incendiada de la sangre,
entre lo exhausto que significa sostener el vértigo
de la trementina en el suburbio del tiempo.

En el taller del poeta, la bellota del diccionario,
los pulsos de tantos libros,
los punzones de las sombras sobre los párpados:
en cada letra voy adivinando o mejor dicho,
poniendo en la alacena de la memoria,
ciertas reminiscencias, quizá para acortar la distancia
entre el humo y la niebla,
entre los pretéritos y los ahora galopantes,
entre el ojo humano y el ojo de agua de los espejismos,
el pensamiento y el desvelo,
el despunte de la tormenta. O del viento remoto.

En la carpintería del alfabeto, la garlopa de la pluma,
la cinta métrica del aliento,
el serrucho del jadeo entregado al vértigo del poema.

Entiendo al poeta confinado en el folio de sus palabras,
—fácil o difícil—, la luz tanteando la sartén de la aurora,
el albor en el yeso del papel,
el molino de la artillerías con su propio fuego.

Cada mañana el poeta esparce los insomnios en el sudor,
unge los materiales del cuerpo, acomete contra el tedio,
comparece ante las asimetrías del galope:
nacen barcos en el mundo despoblado de la respiración,
desecha la zozobra que produce la melancolía,
deja que el trapiche se llene de palpitaciones
y las luciérnagas crucen el umbral, sin herrumbre,
dando paso al aire necesario.

Mientras en el exterior sólo hay ventanas borrosas
y rapiña y patraña;
en el cuaderno va quedando aquélla lámpara,
—el fuego de cipreses que luego se volvió jardín,
el milagro de la tinta, sobre el vitral del horizonte,
veleros en el puño de la claridad,
bolsillos de ardientes ojos.

Ahora, en el taller del poeta, el oficio de la tinta,
esparce la sábana del tejado,
mientras el barro de la almohada quema los labios,
el balcón del sobresalto,
los andenes y escaleras de la memoria.

Y luego, cuando entra de nuevo a la noche,
también despide las muecas acerbas,
olvida los meses de combate:
nace el poema de las manos;
y, en ese oleaje consumado, el pan compartido,
el panal íntimo del espejo, la piel de la poesía…

Barataria,
Del libro “A MANERA DE POSDATA”, 2011 (Inédito) 130 pp
© André Cruchaga

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