lunes, 13 de noviembre de 2017

MEMORIA ENCUBIERTA

Fotografía: Pinterest






MEMORIA ENCUBIERTA




Desde la sombra inmóvil, la almohada
brinda a los dos, sumo acorde humano.
Jorge Guillén




Es la lengua la que llagada quema los párpados, sombra del alquitrán en el hierro forjado de los relámpagos, ríos ocultos, subterráneos después de morder la garganta en el abismo de unas manos ocultas. Digo que amo el césped anegado de lengua y tiempo; sobre la sábana el barniz quemado del vacío, el venero de la bóveda, el cuentagotas de la polea del cielo, el techo con sombreros hasta avanzar el minuto en las sienes, el nudo de los pies sostenido en los puntos suspensivos, los semáforos al término del orgasmo, el vino perpendicular sobre el césped, a punto de repetir la velocidad del infinito, el gusto y el disgusto del vaivén, la corrida a media asta de los brazos; aquí en la boca, el sexo;  tu sexo, sintiendo las manos cumplidas del sonrojo, la condición sin agotamiento de la existencia; elegimos cualquier butaca para sostener el sombrero del ansia, las paredes de la casa reforzadas con suspiros, la audacia de la esta embriaguez plena. Siempre el incendio nos llegó hasta el cuello sin ataduras y simulaciones, torrencial la puerta desnuda del fuego, el vértigo de la sombra, el ruido de la hoguera: entre silencios, delincuencia y cadáveres, ocultamos los instrumentos de la fogata, la religión, el delirio, la angustia. Decidimos, desde luego, abrir las puertas del hambre hasta consumir todos los afrodisíacos, los ojos del circo, el terror de los perros callejeros, la crueldad de cuanto nos rodea; nos poblamos de sueños y vértigo, a veces de cinismo, el lobo en la imaginación del deseo, el desenfreno hasta la pulmonía, la risa al borde de la locura, el vómito en la lascivia, en lamer el racimo de dedos en la marea más alta de la noche. Bajamos al inframundo de los deshielos. Solos anduvimos en el sobresalto de poros y ojos,  con el único traje que tiene la desnudez, sombras escondidas en el vaso de nuestros ojos, escondidos en la fuente del árbol del sonambulismo, en la sangre bebida del aire junto al muro devorado del cuerpo, transformado en memoria. Ahora desmenuzo el calendario que cambió el arco iris de nuestras bocas, nuestras miradas, la velocidad con que la flor crece y muere, el tatuaje a caudales del grifo, la resina acumulada en el espejo, la carne tuya salpicando mi alfabeto, negros párpados en la úlcera de las manos, —vives en el musgo de mi cuaderno, condenado al ocultamiento, a cierto silencio de piedra, a caminos fermentados en acuarios; vives plantada en mis glándulas, dosificada por mi memoria. (Avanzas en mí cuando transcurren noche y día. Crece la tibieza de la cobija sobre las quemaduras imposibles de borrar. Llueve de manera recurrente en el cuerpo. Al final, todo es recuerdo, excepto la almohada.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga

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