viernes, 24 de noviembre de 2017

SÓLO LA OSCURIDAD

Fotografía: Pinterest





SÓLO LA OSCURIDAD




Y me anochece esperando la mañana.
Roque Dalton




Nadie existe en la luz, sólo la oscuridad asoma su tizón de pupilas.

He sido rostro en la noche, estrella en el agua: fugaz como todo
lo llega a las manos: todo el invierno nacido de los ojos,
la boca, los utensilios del respiro, los pasos, la eterna conciencia
arrasada, engendrada en los güishtes de las sombras.

Hay días enteros de furia y ceños fruncidos: el harapo de la sombra
cubre los poros, el cuerpo, la boca, las manos.

Las cicatrices palpitan en el  alfabeto de la oscuridad.

Alrededor de la puerta nos asfixian los días sin párpados:
conmueve la piedra de la noche en los dientes,
el coro de los taladros, la voluntad de las estatuas,
la claridad apagada de los girasoles en las verjas.

Muerdo la toalla de las telarañas cada vez que las persianas
no transpiran ventanas, cada vez que el espejo es elogio de la noche.

En cada candil de nubes, beben los insectos sus propios desechos;
el polvo de los armarios nos ahoga,
el falso gregarismo de los pétalos, la oscuridad profética
de los caballos: arrecia la oscuridad sus manos de escombros.

Al pie del riel de las luciérnagas, la memoria socavada del tiempo,
con su nudo de pañuelos, —espaldares de sillas con moho,
limonada de oscura acidez,
tabancos mayores que el desacierto,
aleros donde el hollín sigue siendo el mayor interlocutor del alfabeto.

No existe la luz, en la depredación de las cobijas,
ni en la camisa del pulso manchada con aceites de rancias
mecedoras, ni en el tragaluz confuso de furias,
ni en el viento que derribó las llaves de los balcones: sólo es cierta
esta gota de metileno en los ojos, la grieta profunda del paisaje,
las gentes sin cuaderno buscando el horizonte.

Hay noches con olores de rancias circuncisiones;
días donde la transparencia, conviene disfrazarse de realidad:
entre el desvelo y el instinto, nos salvan las dulzainas;
las vallas publicitarias en las paredes, nos sirven de rocío,
de juego subterráneo o de simple pizarra
para beber los brebajes de la sal.

De seguro, jamás alcanzaremos la luz, mientras exista el abismo
en las paredes del alma, en el guacal de nubes,
donde lavamos los ojos en laringes líquidas de la sed,
en el comedor con tímidas tortillas, en la servilleta con manchas oscuras.

Cierto es que se acabaron los días domingos en las ventanas:
ahora cada uno finge su propia felicidad, el aullido doméstico
trasladado a las aceras, los durmientes mojados de impotencia,
la liquidez del sueño respirando aire puro.

Sólo nos es dada la claridad en analgésicos: lo demás, es la sombra
dilatada de las monturas, la transparencia irreconocible del hollín.

Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

jueves, 23 de noviembre de 2017

MADERA

Fotografía: Pinterest






MADERA




De eternidad, sedientos, siempre vamos.
Obcecados vivimos y creemos.
Muere la fe al instante en que morimos…
Francisco Andrés Escobar




Carne yerta en la cicatriz de mis fantasías: ahora no es verde
la sombra, sino sepia, —hecha también,
para el luto sin tregua, monótonos comejenes
en la indiferencia del sueño.

Algún pensamiento queda en las astillas,
el tiempo del cuerpo y la brisa leve,
la sábana hirsuta en el cuerpo, la vereda sin copos ni piyama,
el frío de la luna que baja, como un tafetán negro.

Hacia adentro, las puertas pierden su propio alfabeto:
los pies sumergidos en la polilla,
el grafiti como telón de maleza, la rama oscura de las lámparas
o los cirios en derruidos candelabros.

no veo por ningún lado el sendero de los sueños,
sino las variaciones oscuras de la hojarasca,
en medio de tanto sigilo.

(Desde siempre aprendí en el rocío del bosque, el amanecer íntimo
de la llama, gocé ciertas sustancias indelebles;
ahora es la pesadez rota de la madera, sosteniendo la casa del pecho
sin horcones, sin costaneras ni cuartones,
sin el tapiz de los meses en el mimbre.)

El tiempo termina confundiendo cualquier señal de certidumbre:
no es el pétalo, sino la madera orillada de la vigilia,
la garlopa tenaz que va irrumpiendo en la superficie como una lengua
de singular maquinación.

Hay fiebres en el aliento de las horas: en la cáscara infame
de los báculos, en el rechinar continuo de las ramas de la historia;
la piedra obceca las raíces de los labios
en su franquicia de dados,
confines de la materia angular de los poros.

La sed es la verdad absoluta para los descalzos: los monumentos
a la saliva, —intentamos subir a través de la escalera del guarumo,
las grandes noches cerradas de ceguera;
mordemos la carne del País a través de la sospecha:
esquirlas en la fisura del tiempo, corvos de ferocidad,
aserraderos incubados como albergues de la noche,
panaderías del grito, verjas de súbitos destellos.

Nos envisten las pulsaciones, ahí donde los  sentidos
se bañan en salmuera, ahí donde la sonrisa se desdice en medio
de la arboleda derribada: la misma leche vestida de noche.

En la muerte crepita la madera su último vaho.
No hay ninguna previsión que nos conforte llegada la hora.

(Sólo quedan los vestigios en el sobresalto, en aquella mariposa de polvo
que se descuelga de la garganta. Tal como el fuego, las inclemencias
en su agonía de desnudez. Los techos derruidos del tiempo.)
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

miércoles, 22 de noviembre de 2017

INVASIÓN DE LAS COSAS

Imagen: Pinterest






INVASIÓN DE LAS COSAS




El espejo, de pronto, y su obscenidad;  la imagen lasciva, perversa
del rostro cotidiano: (la memoria no me deja escapar de tanto parto
genocida, de la ficción doliente que nos destruye con absoluta
frivolidad; toda la oscuridad cierne sus dientes: la noche fija
de los muebles arrebatados, el rapto de la felicidad, el éter de la sangre
sobre el césped sin ningún indicio de erotismo;
palpita la obsesión por los Ángeles: la sábana aletea en todas
sus transpiraciones sinuosas.)

Nadie escapa al fogonazo de la orina en las calles.  A la estrechez
del plato de comida de la semana, al fuego inflexible de los difuntos
en la ventana, a tantos días de zozobra.

Nos harta el diario trajín de las cantinas, la axila del aullido
sobre los alelíes, el escenario de las calles sin escrúpulos, ni escaleras,
para salvar los pies de la fanfarria del cieno.

Las ventanas se miran con la pestaña postiza del ojo artificial;
esto incluye cierta dosis de trompetas,
y fósforos de éxtasis para ver a medias y de rodillas el abismo.
Nos inventamos los racionamientos de energía para que prevalezca
la pusilanimidad de los zapatos;
desnudamos las palabras para desacralizar los prostíbulos.

Me come la lágrima en este tórrido alfabeto: me come la diafanidad
de los peces, la alfombra carcelaria de la desnudez, la herida
de los crucifijos, el orgasmo a quemarropa del sigilo y la hilaridad.

Me come la falta de antisépticos bucales y la modorra del humo
en los relojes, la sequías en los escondrijos de la piel, las décadas
de tristeza en mi almohada,
el petate roto de las sílabas, la espina dorsal torcida en los tobillos,
el agua al cuello de las campanas,
las verjas dolientes de los muelles sin resuello ni alicientes:

(me embriago de sombras y habitantes extraños cada vez que la calle
me reclama, —cada vez el cuerpo y la mente son posesas
contradicciones en un olfato de asfixias; cada vez Heráclito se equivoca
en la bienaventuranza, y en cambio emerge el destello
de la arbitrariedad, el cuentagotas del viacrucis,
los focos oscuros de las moscas,
el tacto a falta de  ventilación en el claustro de los cosméticos,
la prehistoria de los artificios en los candiles,
la canela convertida en falso olor, los huesos de las clavículas,
los meses gordos del pus,
la alacena voraz de las vacas flacas, la pesadilla de las ignominias.
Cada vez soy menos cierto en esta turbiedad del desenfreno;
cada vez me falta azúcar en la oscuridad,
cada vez es mejor haber dicho anticipadamente todos los adioses
para no esperar la última hora perturbadora del carbón.
Hoy me invade, desde su claustro de intemperie, la liturgia
                                                               [de mi propio   matadero…)
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

martes, 21 de noviembre de 2017

INFINITUD DE LA ESPUMA

Fotografía: Pinterest





INFINITUD DE LA ESPUMA




Sobre las aguas, la lengua amarilla de la espuma, el olor de los peces,
los cuchillos del azogue, el ombligo blanco de la luna sobre
el papel de los cabellos dispersos de la brisa.

(Ahora me viene a la memoria, “El lugar sin límites” de José Donoso,
el aserrín de incienso en la boca, los sollozos abiertos
como una montaña cayendo en el ocaso, la claridad amarga
de los meses subiendo en forma desmedida hasta las aspas de las pupilas.)

Nos hemos acostumbrado al sostén de los litorales desiertos,
a todo lo efímero que nos nombra,
a ese destierro diario al que nos avienta el filo de la muerte;
a ratos nos conmueve la sal derruida de las sepulturas,
el infierno de las preguntas, la bocina del eco,
el camión despoblado del reloj,
la respiración temprana de las cebollas y los ajos,
los sobacos entumecidos en la invocación,
todos los dientes postizos del calendario guardados en la fosa nasal
de la Esperanza, el carburo apolillado del desayuno.

En este ir y venir sobre la espuma, —las aguas nos quitan los pasos
mientras los perros ladran en senderos de ceniza,
las semanas de humo enrolladas en las pupilas, en el tabanco
de las cejas, en el bolsillo barrido de monedas, en la caja de pandora
de las bocinas, donde desmaya el mar sus esquinas azules.

La infinitud, a menudo, nos roba el gozo y los días postreros
de los peces; nos roba el azúcar asoleada de las gaviotas,
la espiga de la ola, el muelle levantado por los despojos del mar;
nos roba la sábana: sangra como viento de caballos,
muerde con sus anillos de grietas.

(Ahora me vienen tantas fragancias inútiles:
los sueños que se perdieron en las palabras, en el zumbido
de los atrios, en la oscuridad ceñida al sabor de las frutas agrias.
De hecho, en cada rama de agua florece la sal adusta de la noche,
la puerta rota de la voz,
el ruido que hacen los labios extendidos en el pálpito:
siempre es así, después de todo, cuando el dolor se vuelve sordo,
cuando los clavos perforan la garganta,
y hay un nudo de dientes en la oscuridad cotidiana. Siempre es así,
cuando los deseos se convierten en brazaletes de guijarros,
y el juicio es capaz de enterrar las raíces.
En la infinitud de la espuma, rememoro el pie de la madrugada
y los estornudos del calendario con todo el eco salpicado de juguetes
y caricias, con el relincho de las páginas en blanco.
Con toda esta vigilia es difícil conciliar el sueño: salpica el desamparo
con sus alambradas, azota el golpe envolviendo las ventanas,
la almohada desdibujada por los fangos del suspiro,
el alma rota, sin brazos como un mendrugo en los vertederos.)

Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp

© André Cruchaga

lunes, 20 de noviembre de 2017

CERTEZA DEL ESPEJO

Imagen Pinterest






CERTEZA DEL ESPEJO




Antes que me engendraran ya por cierto sufría;
el potro de tortura de los sueños
enroscaba mi osamenta…
Dylan Thomas




La niebla nos cobija como una brújula desollada en el costado;
nos come la zarza desde el nudo de los inviernos: de cabeza a pies
somos náufragos, señuelos del azufre: sólo nos alumbran
los caballos de las sombras, la embriaguez del golpe,
los juegos sin inocencia de la política criolla.

Escondemos las palabras transparentes en espejos nublados
de pulsos y botones atados al número ciego de las llaves.

Es patético el pensamiento bajo sombreros de tul: así se confunden
las grietas del paisaje,
los días rotos de las cacerolas,
el ansia del gotero como un ornamento de cuidados intensivos:

(Ahora resulta que la ignorancia tiene título académico
y se nos vende en trocitos el canibalismo: los jardines artificiales
de la carcajada: hay hasta manuales para retornar a la prehistoria,
al fuego con hojitas de guarumo,
a la chamiza de las sábanas sobre el aliento. Delante de nosotros
está la carreta y no los bueyes; la conciencia cercenada del ala,
todas esas cosas que hacen a la corrupción, un montículo
de techos derruidos y brebajes insólitos.
Nunca se sabe cuándo llegará la carcoma de saliva de los perros
a nosotros; pero llega: arde el resplandor de las soledades,
el rocío ojeroso en las pupilas, aquel monólogo de las sillas
sin espaldar, la tercera edad de la genuflexión orgásmica,
el calendario avieso de las efemérides,
la respiración con candados y colillas y frigoríficos para preservar
el disfraz de todos los días para que nada se  malogre,
el calentamiento global del hambre: las sondas ideológicas
de la devoción, el tifus del poder con íngrimas túnicas.)

Arrecia el campo de batalla sobre el asfalto. Hay gozos de profunda
estupidez; feligresías de obcecados rascacielos
en un País de tatuajes consuetudinarios, en un País sofocado
por el azogue de la hondonada y las tijeras sesudas de la noche.

¿Hacia dónde nos lleva la intriga, el tráfico de influencias, la obtusa
aplicación de la ley, la audiencia nocturna de los gánsteres,
el aire tragado en cucharitas de plástico?

—Duele la caries del País,
duele la alegoría del motate y el torogoz dibujados en la cartulina
de los actos protocolarios,
en las luciérnagas inasibles del sueño,
en la joroba degastada de las ideas, en la tortilla quemada del agobio.

Duele la condición de circo de los relojes, la nube mimética
de los tomates, el desvelo transversal de los güisquiles,
los inodoros ecológicos sobre la tumba de las luciérnagas.

Duele el filo de la cárcava anillada con chupamieles para el álbum
fotográfico; duelen las paredes oxidadas de la penumbra.


Ante tales certezas, cada habitante es una duda frente al habitual
tatuaje de la noche. En cada ir nos agobia la duda del retorno…
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

domingo, 19 de noviembre de 2017

ESCOMBROS

Collages de Fran Skiles. Pinterest.






ESCOMBROS



Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse: 
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
los días cualesquiera que nos comen por dentro,
la carga de miseria, la experiencia…
Gabriel Celaya




Cada vez este País en menos cierto. El terror y la impunidad
no tienen nombre, tampoco son necesarios los milagros para salir
de estas aguas de alcantarilla.
En el estrépito de las casas, las aves migratorias.

Sólo la sal depredadora brilla en las axilas; aquí perdió
la dialéctica su propia placenta.

Arde la sangre con sus flechas fantasiosas, el magma del huracán,
el ventarrón mudo de la agonía, el disfraz alumbrando el subsuelo.
No hay lugar seguro para restañar los sueños, ni limpiar
la respiración en medio de oleajes sinuosos;
sólo existen tiempo y espacio para exaltar las Sumas tribulaciones
en este campo soterrado de huesos.

—No hay otro espejo, que la amenaza siniestra del hollín
con sus tapiales oscuros: aquí la cárcel es la ciudad o como si lo fuera,
en el misal de la ceniza, en las aguas del desorden.

(De pronto uno quiere renunciar a este País donde huyen
los pájaros,  a esta naturaleza fúnebre del polvo;
aquí arde el aliento de la escoria en cada acera,
en las calles desordenadas de la bisutería,
en la fiebre del engaño y del degüello.
Cada cuchillo procrea lágrimas y futuro: tocamos el filo en cada
zapato; en cada conciencia, el miedo es otra trapo del sigilo.)

Vivimos encerrados en el resuello de las migajas: migajas de todo.
No puedo amar a un País que sólo deja desposarte con la miseria,
con el tatuaje de la destrucción del torbellino,
con la expropiación de la alegría.

A diario servimos la neblina en la mesa: rezamos para alimentarnos
de fantasmas; en el ocaso, la luz se convierte en blasfemia;
en la oscuridad intensa, la boca respira las cruces del día.
En la ley no caben los descalzos, ni el cadáver que construye
a diario el vejamen, ni el castillo pintado de arco iris por los niños,
ni el ojo que pueda ver más lejos ciertos laberintos.
Cada escombro es un cuerpo que balbucea su propia senectud.
(Las falacias nos sirven de sombrilla y los aplausos de piñata:
hemos caído en la pasión por los disfraces,
en la pelota dominical de las diversiones. El oficio es sajar la Esperanza,
hasta que la extenuación sea la tierra contundente de la miseria.
No puedo amar a un País que hace del abecedario un remedo,
un circo, una pocilga, un largo callejón de ruinas.)

Detrás de cada cuerpo hay músicas siniestras, entumecidos bosques,
un País cercenado, entrañas putrefactas, costillas delirantes,
amaneceres en pozos macabros, bartolinas donde el fuego
no da tregua: muertos cansados de morir en las pezuñas,
aguas lentas mordidas por el semen de los perros:
todo está aquí en esta locura de País que tenemos,
menos por supuesto, la alegría  de la risa, menos la ventana,
sino el escalofrío que repta por los poros.
Tiemblan las ojeras en los escollos abisales de las tumbas.
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

sábado, 18 de noviembre de 2017

OJOS PARA CADA DÍA

Fotografía: Pinterest






OJOS PARA CADA DÍA




te revelo
que el mundo es una graciosa mentira inventada por el
buen humor de los mártires.
Aldo Pellegrini




Hay ojos y párpados para cada día, manos apretadas en lo oscuro; en las sienes, la claridad de los días grises, la respiración que emerge de la tormenta  de los meses. A punto de abrir los abanicos del agua, las sombrillas,  la explosión a bocanadas, el ciego interrogatorio de la piel, los cuerpos anteriores al fuego, el guante del contraluz en el tiesto del musgo, la boca, las bocas inmóviles, la ropa iluminada en la plantación del destello, palabras contra el desamor, el nosotros sin excusas, la lengua sin manchas, plumas blancas del ave en la paciencia del horno del murmullo, la hamaca verde de la saliva en pos de la panadería del cuerpo,—nosotros que no sabemos de razones, ni de mar al unísono, sino de mareas a punto de reventar toda la espuma del mar, de saltar sobre el trapecio del ardimiento, trepando a los rieles del cielo, allí, vos, los sueños, cada instante insólito, estrella tutelar de la rosa del reloj colgado de las sienes, ¿cuánta alegría cabe en la constelación de un solo día, en el tabanco o el altar, en la escalera o el retablo, en el saco de yute, en la alforja ennegrecida de la herrumbre, en la sarna de la sal, en el sol estrujado en las estaciones, en la respiración de la acuarela que nos mira, en el pañuelo que de pronto pierde los pespuntes, sin pezones de cierzo, sin poemas apacentados en las manos? —Hay claridad y sombra para todos los días: lo supe cuando la salmuera rompió nuestra ternura. Vi partir la estrella intacta de las caricias y aun su primavera, creíamos entonces, que todo era resplandor, pero no, también los días se visten de rostros ciegos; ahora tenemos la evidencia: los pensamientos y la mirada interior, sajados por la turbación del viento. Si al menos supiéramos los niveles del frío, si quitáramos el quejido de lo subterráneo, tendríamos un jardín rojo en nuestras miradas, una forma diferente de la mirada, un afán de sabores sin corromperse en el vinagre. Tenemos, desde siempre, ojos para cada día: para vos, para mí, para que crezcan las espigas, las poluciones del amaranto derramado en la boca, intacto el espejo del jadeo, el fuego del caracol calentando las bocas, el árbol acumulado en el olfato, la espiga de las palabras bañada en los capiteles de pájaros sedientes de vuelo, con una sola melodía desposada sobre la estantería de los inventarios del azúcar. Cada día acumulamos destino a nuestros zapatos: así, tenemos mundos para cada instante, así acumulamos litorales, siempre a tono con los párpados. Nos afirmamos o negamos: la vida, después de todo, no es otra cosa, sino una constante de ritmos y crepúsculos, una razón para latir cada día en la alucinación de los calcetines. (Sé que el desamparo hizo sus estragos desatando noches extrañas y ciudades cuyas calles sólo eran aptas para ser habitadas por los muertos. Con todo, crecen abedules en el pecho y también, una voz profunda que te llama.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga

viernes, 17 de noviembre de 2017

HISTORIA DE LA RÁFAGA

Fotografía: Pinterest






HISTORIA DE LA RÁFAGA




Aquí están alineados
cada uno con su ofrenda
los huesos dueños de una historia secreta
José Emilio Pacheco




El ojo insoluble, petrificado en el taburete marítimo de las olas, el animal que soy en el delirio de las sombras, pupilas de la raíz al ras del suelo, la memoria quemante de la tormenta, paraguas flotando en el pecho, girasoles de hielo lamiendo las calles, este amor terrible de brasas en plenos pájaros de sombrillas, a merced de estos ojos que miran agónicos, silban en el azúcar sexual de los parpados; vos me hablás con el tic tac prohibido de los relojes, ponés las rosas de tus manos en el umbral del candil donde apenas veo el tabanco, la carrera del mapamundi del aroma, misteriosos poros en la efervescencia del cuerpo, en las redes de la saliva del desfogue, ansias del algoritmo de las reincidencias. A esta fusión, se entrega ahora la sed, los tentáculos firmes del orgasmo, el registro de la sábana en los poros, el humo del aire real en el nido donde se nutre la garganta de ahogos. Para vivir más en el castillo de la luz de tus pupilas, la espina dorsal de la lengua con sus redobles, la puerta en la mecedora de las luciérnagas, la noche sobre los hombros del pan, al nivel del vaso de los senos donde se bebe el agua quemante de las axilas, las ansias clavadas en el arpa del ombligo, sin más respiración que el relámpago en el aliento; dentro del pecho los ecos febriles de los molinos de viento, la luna ahogada en el terciopelo del azúcar: me disemino en todo, y es todo, por supuesto, el cuerpo en los dominios del velamen, marcado por la fisonomía de los espejos, la palabra en todas las palabras de la ráfaga, este nombre tuyo girando en la isla del iris, ardiente hechizo donde la sangre atraviesa las atarrayas de las pestañas, esta realidad demasiado real del cuerpo. Aquí todo y nada. La pirámide del atributo sobre la lanza, el combate del hambre en la colmena del relámpago, la voz que toca el riachuelo del torrente y supone oír melodías al borde de la piedra donde el ave hurta los sueños de los tobillos, la calle robada de la felicidad, encima del corpiño que vuela como una llama de anticipados objetos, anillos que preceden a los poros hipnotizados: flama y cuerpo en el árbol de la sed hacia el estío del instinto, lámpara al fin del calendario imposible de olvidar, amantes animados que se reconocen en el agua, en la fruta fugaz de la ola, en el aerosol del espectro de las hadas, en el alero petrificado en el bosque con sus códigos de piel diurna. En la carroza del sinfín nos reconocemos, nos vemos de párpado a párpado e interrogamos al mar, sin abandonar lo que significa la fogata de la sed, el tumulto de entregas en cada parpadeo del mapa. (Siempre fue real la desnudez del país en nuestra desesperación. El espejo destrozado del frenesí, la sábana cárdena rechinando entre los dientes, la dureza de las sombras perseverantes del caos. La impunidad y el cinismo no nos dieron tregua, pero aprendimos a lavar nuestra piel empolvada de tanta historia.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito)
© André Cruchaga

jueves, 16 de noviembre de 2017

FANTASÍAS DEL FRAGOR

Fotografía Pinterest





FANTASÍAS DEL FRAGOR




…piezas de la fatiga final, desnuda, que gritan y que son
peores testigos de algo que ni mis lágrimas borrarían.
(¿el miedo?)
Roque Dalton




En el fondo del pozo de las luciérnagas, hay espectros forjados de deseos, anillos encarnados en el infinito de las alas, y hasta vendavales de ojos, colgando de las palabras que escribo. Sobre las raíces, el musgo devorado por la noche, la ternura a punto de ser un candil ínfimo carcomido por el collar del balastro de los días de la semana confundidos en el lápiz sedoso de la flama del candil, el cirio tocado por las axilas, el ventarrón del tabanco mordiendo las alas con el hollín a quemarropa del ramaje de los dientes: ahora nos prolongamos en la avidez de la herida, en el altar siniestro del colmillo, como esos ruidos sordos que hacen los troncos de los árboles cuando caen en el vacío; las entrañas desgastadas de tanto copiar olvidos: el fuego desvela los fondos más aviesos, más tiernos, los ojos más densos convocados por el aliento; la porción de lava extrema en las costillas, que luego se torna en crujiente espejo, crepitación nunca vista de alfileres oxidados en el trasmallo que el tiempo ha ido haciendo en la cuajatinta del extremo de la piedra, en este cielo donde vivimos a pesar de todo: días funestos, afiches, slogans, vallas publicitarias, moscardones en ojos desahuciados, mientras las aguas transcurren con cierta sinuosidad, con ese negro profundo de la herrumbre hecha de tanta intemperie, sobre el nido deshecho del pájaro, sobre las manos contagiadas de la brasa destruida del calendario. En las aceras no cuentan los itinerarios, ni el pie ulceroso ante el resplandor, el desvelamiento de la destrucción: el labio súbito del carbón frente a tantos rostros que dejaron manteles vacíos, soledades y tristezas como un solo río sospechoso, sin desagüe, asidas a cada vértebra, sobre el cartón cedido por la escarcha. —Vos, con tus cabellos negros sobre la lámina de la noche: la duda nos asalta cuando las manos se ponen yertas, frías bajo la desnudez de la respiración,  hojas grises del viento voluble del aliento en medio de la neblina del latido, cerrados líquidos girando en el rostro. —Yo, por si acaso, río en medio de tantas pestañas postizas: engañosos entrecejos del relámpago en el junco de la conciencia; es sano reír sin analgésicos, mojado con las aguas del fingimiento, llevando dentro, por si acaso, bufandas inefables, otras mordidas más sutiles en el alma, otros cuerpos encendidos. En su inmensidad, la piedra seguirá siendo piedra, —nosotros, aunque lo ocultemos, lentas lágrimas de esta claridad giratoria y antojadiza. Nos acercamos al centro del basalto, —yo, vos, partes oscuras del braceo de los peces en aguas que nos beben los párpados, en esa sed ronca de los túneles en la deshora del vértigo. (Si algo nos queda del fragor y su fantasía prolongada es la negación de nuestras propias indigencias y esa tenacidad poco solidaria de los remordimientos. Y ese sentir que ya no somos, aunque mi abecedario huela a tu cuerpo y toque tu rostro marcado por los miedos.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito)
© André Cruchaga
Fotografía: Pinterest