miércoles, 3 de agosto de 2011

VAGAS CLARIDADES


Me es familiar la noche y sus vagas claridades. Me es familiar
la ceniza y su vaga transparencia. Ando de la mano de las calles
y su vaga caricia, desnudo las baldosas, cavilo en la dureza del tornillo,
junto a la claridad llovida del rostro debajo del paraguas;...
Bishop Creek California, Imagen tomada de Miswallpapers.net





VAGAS CLARIDADES




(Me restriego las manos para borrar toda sombra de tierra, luego me pongo al cuello una vieja corbata…)
ERRI DE LUCA




Me es familiar la noche y sus vagas claridades. Me es familiar
la ceniza y su vaga transparencia. Ando de la mano de las calles
y su vaga caricia, desnudo las baldosas, cavilo en la dureza del tornillo,
 junto a la claridad llovida del rostro debajo del paraguas;
muerdo el arco iris acribillado de golpe, el humo que resbala
en la herida como el agua, el día quemado en el astillero de las pupilas.

Ahora nada ignoro cuando el puño cerrado derriba la puerta de agosto,
las semanas acumuladas de madera, la niebla total de las estampillas
derramadas. (Hay un no sé qué, entonces, de pasos entre muros; lo blanco
es fatiga y decrepitud, polilla de la pesadumbre,
acaso madera oscura de la esperanza, entre la flama del candil
y la de un cirio corroído de un féretro. Nunca me ha sido dada la claridad
plena; siempre sucede que cambia su rostro, cambia, presta
los relámpagos, el territorio, la patria, el martillo, la gota de moho
en la colilla, el poro o la caricia del sueño:
siempre me ha sido imposible el absoluto: tengo los días contados
del columpio, la pupila puesta en la pesadilla, la rapacidad del eco,
el calambre que produce el vaho,
cuando quiero ver la luz sin temblar en la tinta. O en el silencio.)

Después de todo la epidemia está trazada como un relieve.
Asedian las costuras desechas del azogue. Nunca puedo subir
a la embarcación de las semanas, sin el búho anclado en la ya erosionada
carne del mendrugo, en la boca sin abrigo del frío, (débil, solitario,
herido, con la mordida amarga de lo inútil, bosque vuelto grito
de penumbras.) La claridad se difumina hasta convertirse en golpe;
y no hay oráculos que adivinen
hasta dónde pueden implorar los zapatos, los brazos, la rama hirsuta
de la saliva, el fuego encerrado en el tabanco, la lluvia postrera
de la espina, en el sinfín profundo del pétalo.

Nunca tuve certezas absolutas. Siempre la claridad ha sido espejismo:
alta noche de aleteos,
frío condensado en el murciélago de la Esperanza, cruz decapitada,
oscuro traje de lluvia, moscardón sonando sus trompetas,
fisura del entendimiento, materia del delirio. Materia al filo del sudario.

Siempre la vaga claridad de la trementina, las sandalias de la harina,
el automatismo de la noche, con sus rieles inacabados.
La mañana o la tarde, el día o la noche, sangran de puertas y cuadernos,
sangra la espiga cortada o la piedra muda adherida en la noche.
Sangra el musgo a falta de ventanas; y, aunque no se crea, muerde
también la pequeñez humana; hay gérmenes aullando desde que tengo
memoria, claridades a medias en el embudo de la conciencia,
sonrisas que ríen de alegría o amargura, de clown o melancolía.
(Déjame en esta vaga claridad. Devoraré a oscuras mi propia intimidad.)

Barataria, agosto de 2011

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