lunes, 11 de abril de 2011

DESPOJOS


Ebrio de páginas me hundo en la ciénaga. Cubro mi boca
con el pañuelo de las nubes. Hay dolores como la piedra de los muertos,
momentos difíciles para costarse en la esquina de los ángeles,
muerden las sombras, la túnica del hollín,
el estiércol de la lluvia, desfila la historia con sus palabras huecas,...
Imagen de Jon Sullivan




DESPOJOS




-Me di contra la vereda.
-¿En defensa propia? -indagó el agente.
-No, en ofensa propia: yo mismo me he descargado la vereda en la frente.
MACEDONIO FERNÁNDEZ




Ebrio de páginas me hundo en la ciénaga. Cubro mi boca
con el pañuelo de las nubes. Hay dolores como la piedra de los muertos,
momentos difíciles para costarse en la esquina de los ángeles,
muerden las sombras, la túnica del hollín,
el estiércol de la lluvia, desfila la historia con sus palabras huecas,
señoras y señores, desde la tumba se ven las estrellas,
la limosna cae torpemente en los albañales,
el juguete de los muertos reclama al País por sus horrores,
extraño la mano de Dios en la escupida del vecino,
vivo los horrores de los cadáveres del libre mercado,
la piedra fétida de los retretes se ha vuelto la sobremesa diaria,
bajo el reino de la piedad, comulga la joroba de la noche
con el hambre, con la mano sucia del extraño habitante
de neumáticos, fieles ovejas del abismo, —remedo, apenas, de este
atroz abismo donde la pus entona los pabellones nacionales,
no sin cierta hambre de vampiros,
doble imagen del camino en el pantano del gas licuado.

Ya todos aprendimos a convivir con los muertos: aprisionar el humo
de la olla de los frijoles, beber la pildorita deshecha de las fórmulas
matemáticas, orinar al pie del horcón del PIB,
gritarle al infierno el ardor de los amantes insatisfechos,
masticar los hedores escritos de la historia nacional,
extasiarnos en el aliento de la astucia, morder la bilis del perro
que ladra su propia sarna,
lavar los harapos en la piedra desteñida de Esperanza,
sin más misterio que las ciudades absurdas de la oscuridad con todos
sus antros colgados de las pupilas.

Hasta los inodoros duelen a elegía: imanes de luciérnagas desteñidos,
con que los jardines nutren sus raíces,
el cuerpo entero de un pubis en la boca, la melaza del ayote,
el último huracán del sueño en la boca, los pómulos golpeando
la carpa soluble de los sonidos, —juego a derretir el pecho,
con una brasa de salamandras, anclar el cordel de la jungla
en el racimo de tejas de la respiración; luego, rellenar los estiajes
con relámpagos para ver la profundidad, al niño de siempre
en el espejo, desnudo tren de los encajes en el parpadeo.

—En cada despojo hay calles de desvelo: la risa más siniestra
es la que juega a ser asesino, delta de pulsiones escondidas.
Cuando busco la ternura, le cierro los ojos a las enredaderas,
Lamo el pergamino de la noche pensando que no tiene aldabas.
Lo demás, es lo mismo en un País de grietas y agonía…

Barataria, abril de 2011

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