viernes, 24 de noviembre de 2017

SÓLO LA OSCURIDAD

Fotografía: Pinterest





SÓLO LA OSCURIDAD




Y me anochece esperando la mañana.
Roque Dalton




Nadie existe en la luz, sólo la oscuridad asoma su tizón de pupilas.

He sido rostro en la noche, estrella en el agua: fugaz como todo
lo llega a las manos: todo el invierno nacido de los ojos,
la boca, los utensilios del respiro, los pasos, la eterna conciencia
arrasada, engendrada en los güishtes de las sombras.

Hay días enteros de furia y ceños fruncidos: el harapo de la sombra
cubre los poros, el cuerpo, la boca, las manos.

Las cicatrices palpitan en el  alfabeto de la oscuridad.

Alrededor de la puerta nos asfixian los días sin párpados:
conmueve la piedra de la noche en los dientes,
el coro de los taladros, la voluntad de las estatuas,
la claridad apagada de los girasoles en las verjas.

Muerdo la toalla de las telarañas cada vez que las persianas
no transpiran ventanas, cada vez que el espejo es elogio de la noche.

En cada candil de nubes, beben los insectos sus propios desechos;
el polvo de los armarios nos ahoga,
el falso gregarismo de los pétalos, la oscuridad profética
de los caballos: arrecia la oscuridad sus manos de escombros.

Al pie del riel de las luciérnagas, la memoria socavada del tiempo,
con su nudo de pañuelos, —espaldares de sillas con moho,
limonada de oscura acidez,
tabancos mayores que el desacierto,
aleros donde el hollín sigue siendo el mayor interlocutor del alfabeto.

No existe la luz, en la depredación de las cobijas,
ni en la camisa del pulso manchada con aceites de rancias
mecedoras, ni en el tragaluz confuso de furias,
ni en el viento que derribó las llaves de los balcones: sólo es cierta
esta gota de metileno en los ojos, la grieta profunda del paisaje,
las gentes sin cuaderno buscando el horizonte.

Hay noches con olores de rancias circuncisiones;
días donde la transparencia, conviene disfrazarse de realidad:
entre el desvelo y el instinto, nos salvan las dulzainas;
las vallas publicitarias en las paredes, nos sirven de rocío,
de juego subterráneo o de simple pizarra
para beber los brebajes de la sal.

De seguro, jamás alcanzaremos la luz, mientras exista el abismo
en las paredes del alma, en el guacal de nubes,
donde lavamos los ojos en laringes líquidas de la sed,
en el comedor con tímidas tortillas, en la servilleta con manchas oscuras.

Cierto es que se acabaron los días domingos en las ventanas:
ahora cada uno finge su propia felicidad, el aullido doméstico
trasladado a las aceras, los durmientes mojados de impotencia,
la liquidez del sueño respirando aire puro.

Sólo nos es dada la claridad en analgésicos: lo demás, es la sombra
dilatada de las monturas, la transparencia irreconocible del hollín.

Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

jueves, 23 de noviembre de 2017

MADERA

Fotografía: Pinterest






MADERA




De eternidad, sedientos, siempre vamos.
Obcecados vivimos y creemos.
Muere la fe al instante en que morimos…
Francisco Andrés Escobar




Carne yerta en la cicatriz de mis fantasías: ahora no es verde
la sombra, sino sepia, —hecha también,
para el luto sin tregua, monótonos comejenes
en la indiferencia del sueño.

Algún pensamiento queda en las astillas,
el tiempo del cuerpo y la brisa leve,
la sábana hirsuta en el cuerpo, la vereda sin copos ni piyama,
el frío de la luna que baja, como un tafetán negro.

Hacia adentro, las puertas pierden su propio alfabeto:
los pies sumergidos en la polilla,
el grafiti como telón de maleza, la rama oscura de las lámparas
o los cirios en derruidos candelabros.

no veo por ningún lado el sendero de los sueños,
sino las variaciones oscuras de la hojarasca,
en medio de tanto sigilo.

(Desde siempre aprendí en el rocío del bosque, el amanecer íntimo
de la llama, gocé ciertas sustancias indelebles;
ahora es la pesadez rota de la madera, sosteniendo la casa del pecho
sin horcones, sin costaneras ni cuartones,
sin el tapiz de los meses en el mimbre.)

El tiempo termina confundiendo cualquier señal de certidumbre:
no es el pétalo, sino la madera orillada de la vigilia,
la garlopa tenaz que va irrumpiendo en la superficie como una lengua
de singular maquinación.

Hay fiebres en el aliento de las horas: en la cáscara infame
de los báculos, en el rechinar continuo de las ramas de la historia;
la piedra obceca las raíces de los labios
en su franquicia de dados,
confines de la materia angular de los poros.

La sed es la verdad absoluta para los descalzos: los monumentos
a la saliva, —intentamos subir a través de la escalera del guarumo,
las grandes noches cerradas de ceguera;
mordemos la carne del País a través de la sospecha:
esquirlas en la fisura del tiempo, corvos de ferocidad,
aserraderos incubados como albergues de la noche,
panaderías del grito, verjas de súbitos destellos.

Nos envisten las pulsaciones, ahí donde los  sentidos
se bañan en salmuera, ahí donde la sonrisa se desdice en medio
de la arboleda derribada: la misma leche vestida de noche.

En la muerte crepita la madera su último vaho.
No hay ninguna previsión que nos conforte llegada la hora.

(Sólo quedan los vestigios en el sobresalto, en aquella mariposa de polvo
que se descuelga de la garganta. Tal como el fuego, las inclemencias
en su agonía de desnudez. Los techos derruidos del tiempo.)
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

miércoles, 22 de noviembre de 2017

INVASIÓN DE LAS COSAS

Imagen: Pinterest






INVASIÓN DE LAS COSAS




El espejo, de pronto, y su obscenidad;  la imagen lasciva, perversa
del rostro cotidiano: (la memoria no me deja escapar de tanto parto
genocida, de la ficción doliente que nos destruye con absoluta
frivolidad; toda la oscuridad cierne sus dientes: la noche fija
de los muebles arrebatados, el rapto de la felicidad, el éter de la sangre
sobre el césped sin ningún indicio de erotismo;
palpita la obsesión por los Ángeles: la sábana aletea en todas
sus transpiraciones sinuosas.)

Nadie escapa al fogonazo de la orina en las calles.  A la estrechez
del plato de comida de la semana, al fuego inflexible de los difuntos
en la ventana, a tantos días de zozobra.

Nos harta el diario trajín de las cantinas, la axila del aullido
sobre los alelíes, el escenario de las calles sin escrúpulos, ni escaleras,
para salvar los pies de la fanfarria del cieno.

Las ventanas se miran con la pestaña postiza del ojo artificial;
esto incluye cierta dosis de trompetas,
y fósforos de éxtasis para ver a medias y de rodillas el abismo.
Nos inventamos los racionamientos de energía para que prevalezca
la pusilanimidad de los zapatos;
desnudamos las palabras para desacralizar los prostíbulos.

Me come la lágrima en este tórrido alfabeto: me come la diafanidad
de los peces, la alfombra carcelaria de la desnudez, la herida
de los crucifijos, el orgasmo a quemarropa del sigilo y la hilaridad.

Me come la falta de antisépticos bucales y la modorra del humo
en los relojes, la sequías en los escondrijos de la piel, las décadas
de tristeza en mi almohada,
el petate roto de las sílabas, la espina dorsal torcida en los tobillos,
el agua al cuello de las campanas,
las verjas dolientes de los muelles sin resuello ni alicientes:

(me embriago de sombras y habitantes extraños cada vez que la calle
me reclama, —cada vez el cuerpo y la mente son posesas
contradicciones en un olfato de asfixias; cada vez Heráclito se equivoca
en la bienaventuranza, y en cambio emerge el destello
de la arbitrariedad, el cuentagotas del viacrucis,
los focos oscuros de las moscas,
el tacto a falta de  ventilación en el claustro de los cosméticos,
la prehistoria de los artificios en los candiles,
la canela convertida en falso olor, los huesos de las clavículas,
los meses gordos del pus,
la alacena voraz de las vacas flacas, la pesadilla de las ignominias.
Cada vez soy menos cierto en esta turbiedad del desenfreno;
cada vez me falta azúcar en la oscuridad,
cada vez es mejor haber dicho anticipadamente todos los adioses
para no esperar la última hora perturbadora del carbón.
Hoy me invade, desde su claustro de intemperie, la liturgia
                                                               [de mi propio   matadero…)
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

martes, 21 de noviembre de 2017

INFINITUD DE LA ESPUMA

Fotografía: Pinterest





INFINITUD DE LA ESPUMA




Sobre las aguas, la lengua amarilla de la espuma, el olor de los peces,
los cuchillos del azogue, el ombligo blanco de la luna sobre
el papel de los cabellos dispersos de la brisa.

(Ahora me viene a la memoria, “El lugar sin límites” de José Donoso,
el aserrín de incienso en la boca, los sollozos abiertos
como una montaña cayendo en el ocaso, la claridad amarga
de los meses subiendo en forma desmedida hasta las aspas de las pupilas.)

Nos hemos acostumbrado al sostén de los litorales desiertos,
a todo lo efímero que nos nombra,
a ese destierro diario al que nos avienta el filo de la muerte;
a ratos nos conmueve la sal derruida de las sepulturas,
el infierno de las preguntas, la bocina del eco,
el camión despoblado del reloj,
la respiración temprana de las cebollas y los ajos,
los sobacos entumecidos en la invocación,
todos los dientes postizos del calendario guardados en la fosa nasal
de la Esperanza, el carburo apolillado del desayuno.

En este ir y venir sobre la espuma, —las aguas nos quitan los pasos
mientras los perros ladran en senderos de ceniza,
las semanas de humo enrolladas en las pupilas, en el tabanco
de las cejas, en el bolsillo barrido de monedas, en la caja de pandora
de las bocinas, donde desmaya el mar sus esquinas azules.

La infinitud, a menudo, nos roba el gozo y los días postreros
de los peces; nos roba el azúcar asoleada de las gaviotas,
la espiga de la ola, el muelle levantado por los despojos del mar;
nos roba la sábana: sangra como viento de caballos,
muerde con sus anillos de grietas.

(Ahora me vienen tantas fragancias inútiles:
los sueños que se perdieron en las palabras, en el zumbido
de los atrios, en la oscuridad ceñida al sabor de las frutas agrias.
De hecho, en cada rama de agua florece la sal adusta de la noche,
la puerta rota de la voz,
el ruido que hacen los labios extendidos en el pálpito:
siempre es así, después de todo, cuando el dolor se vuelve sordo,
cuando los clavos perforan la garganta,
y hay un nudo de dientes en la oscuridad cotidiana. Siempre es así,
cuando los deseos se convierten en brazaletes de guijarros,
y el juicio es capaz de enterrar las raíces.
En la infinitud de la espuma, rememoro el pie de la madrugada
y los estornudos del calendario con todo el eco salpicado de juguetes
y caricias, con el relincho de las páginas en blanco.
Con toda esta vigilia es difícil conciliar el sueño: salpica el desamparo
con sus alambradas, azota el golpe envolviendo las ventanas,
la almohada desdibujada por los fangos del suspiro,
el alma rota, sin brazos como un mendrugo en los vertederos.)

Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp

© André Cruchaga

lunes, 20 de noviembre de 2017

CERTEZA DEL ESPEJO

Imagen Pinterest






CERTEZA DEL ESPEJO




Antes que me engendraran ya por cierto sufría;
el potro de tortura de los sueños
enroscaba mi osamenta…
Dylan Thomas




La niebla nos cobija como una brújula desollada en el costado;
nos come la zarza desde el nudo de los inviernos: de cabeza a pies
somos náufragos, señuelos del azufre: sólo nos alumbran
los caballos de las sombras, la embriaguez del golpe,
los juegos sin inocencia de la política criolla.

Escondemos las palabras transparentes en espejos nublados
de pulsos y botones atados al número ciego de las llaves.

Es patético el pensamiento bajo sombreros de tul: así se confunden
las grietas del paisaje,
los días rotos de las cacerolas,
el ansia del gotero como un ornamento de cuidados intensivos:

(Ahora resulta que la ignorancia tiene título académico
y se nos vende en trocitos el canibalismo: los jardines artificiales
de la carcajada: hay hasta manuales para retornar a la prehistoria,
al fuego con hojitas de guarumo,
a la chamiza de las sábanas sobre el aliento. Delante de nosotros
está la carreta y no los bueyes; la conciencia cercenada del ala,
todas esas cosas que hacen a la corrupción, un montículo
de techos derruidos y brebajes insólitos.
Nunca se sabe cuándo llegará la carcoma de saliva de los perros
a nosotros; pero llega: arde el resplandor de las soledades,
el rocío ojeroso en las pupilas, aquel monólogo de las sillas
sin espaldar, la tercera edad de la genuflexión orgásmica,
el calendario avieso de las efemérides,
la respiración con candados y colillas y frigoríficos para preservar
el disfraz de todos los días para que nada se  malogre,
el calentamiento global del hambre: las sondas ideológicas
de la devoción, el tifus del poder con íngrimas túnicas.)

Arrecia el campo de batalla sobre el asfalto. Hay gozos de profunda
estupidez; feligresías de obcecados rascacielos
en un País de tatuajes consuetudinarios, en un País sofocado
por el azogue de la hondonada y las tijeras sesudas de la noche.

¿Hacia dónde nos lleva la intriga, el tráfico de influencias, la obtusa
aplicación de la ley, la audiencia nocturna de los gánsteres,
el aire tragado en cucharitas de plástico?

—Duele la caries del País,
duele la alegoría del motate y el torogoz dibujados en la cartulina
de los actos protocolarios,
en las luciérnagas inasibles del sueño,
en la joroba degastada de las ideas, en la tortilla quemada del agobio.

Duele la condición de circo de los relojes, la nube mimética
de los tomates, el desvelo transversal de los güisquiles,
los inodoros ecológicos sobre la tumba de las luciérnagas.

Duele el filo de la cárcava anillada con chupamieles para el álbum
fotográfico; duelen las paredes oxidadas de la penumbra.


Ante tales certezas, cada habitante es una duda frente al habitual
tatuaje de la noche. En cada ir nos agobia la duda del retorno…
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga