sábado, 20 de enero de 2018

EN QUÉ TIERRA, DIOS

El infierno de Dante Alighieri ilustrado por Gustave Doré 






EN QUÉ TIERRA, DIOS





¿En qué tierra,  Dios,  las almas no sufren este escalofrío del vejamen,
el sueño sin cauce y la leña hecha ceniza
—anhelo soterrado
de la esperanza, humanos gritos del agua,
ardoroso rocío desvelado?

De qué lado estás, Dios, después de dos mil años de noches sordas
y entrañas desgarradas;
los pies del rayo feroz queman la sonrisa.
La avaricia se ha vuelto la luz del corazón
y muerde la carne estremecida.
Hoy el hambre se hinca y galopa en cada cuerpo lacerado.
¿En qué tierra, Dios, estamos?
Contra quien descargas tu amor,
la furia de la justicia.

Hay niños por doquier que nacen y mueren.
Su materia de huesos
nos abraza,
el tiempo universal arde con sus dientes de azufre,
—arde este horno del viento,
arde la oscuridad salobre de la brasa,
la ceniza de los rezos se esparce como un navío sin mar,
sin olas, sin sal.
¿Dónde estás democracia que las estadísticas nos hablan de cadáveres?
¿Cuántas noches más nuestra ilusión será el incienso de las funerarias?
¿Qué sombrillas siderales nos protegerán del fragor de los espectros?
¡Ah, Dios, negados hemos sido de los grandes emporios,
corridos hemos sido de tu templo,
lapidados hemos presenciado el odio, la tristeza
y los hangares del desagravio.
La luz ahí en estáticos cirios, no en el altar,
sino en la sal de la lágrima que fluye como un río de ceniza.

De qué lado estás, Dios,
entre las etiquetas que los ideólogos inventan?
Somos seres indefensos ante el hambre, no a las ideas;
los escapularios
bajo sábanas no sirven,
cuando a través de las ventanas se implora
una moneda de viento para hacer respirable la brizna en las entrañas.
Si eres el mundo, Dios; si eres el Universo, Dios;
si eres la misericordia, Dios,
¿por qué no tomas en tus manos este firmamento de grotesca tiniebla?
¿En qué mercado de monstruos se venderán nuestros anhelos,
Qué hierros en pro de la democracia
vaciarán nuestros ojos y los comerá
el harapo de la desesperanza y el vagón frío de las aceras
donde sólo pasa
el ruido y el olor rancio del humo y los perros con su instinto caníbal?
¡Ah, mi Dios,  dónde debemos estar después de cargar el karma
de la cruz y haber viajado por estaciones resecas,
sin dormir un instante
en el tren de las arenas,
en las losas de los oasis como pupilas frenéticas!

Nada hay para otra vida que no sea ésta Dios.
El mundo es aquí, Dios;
la felicidad es aquí, Dios.
La neutralidad es como la inercia y tú, Dios,
no puedes ser neutral ante la madera arqueada de la carne,
ni ante las sombras de la congoja,
ni ante el despeñadero de los días
que arrecian en su torbellino.
¿Qué salmos invocaremos durante esta noche
para encontrar los ecos de la luz?
—Esa luz tuya,  Dios,  en el alma de todos,
esa luz que ilumine
por dentro lo vital y suene a humanidad:
humanidad merecida. Humanidad…

Aquí ya muchas noches de oscuridad hemos tenido.
El río de tus salmos
fueron inoíbles; si tú, Dios, eres lo verdadero,
la suave miel del cauce,
el aire y la tarde;
la montaña y la esperanza del día a día,
borra los quejidos y abre tus bodegas como la única bandera
de un follaje verde;
hazte presente como el temblor centelleante
de la lluvia…


Del libro “CUERPO DE POSTRIMERÍAS”, 2008 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga
El infierno de Dante Alighieri ilustrado por Gustave Doré 

viernes, 19 de enero de 2018

PUERTAS

Imagen: Pinterest






PUERTAS





Ahí están en su liberación continua de trajines.
Duermen. Despiertan. Oscurecen.
La locura o la pasión las seduce,
gozan el arte de ver fluir los zapatos.

A menudo son huesos o ramas de esperanza
cuando se abren a los párpados,
a las miradas o al universo de las batallas.
En su traje hay sal o azúcar y terrones de viento y verdad.
Las he visto respirando sombras mudas,
zumo y, acaso, espejos
donde la luz cumple su misteriosa faena de vigía.
Ahí en las mochetas,
la lluvia prende sus brebajes
hasta hacer que el viento seque su aliento.

Existen  puertas que dan a calabozos
y en sus ranuras hay escondidas esquirlas.
También en los tanques
cuando los soldados salen a derramar la sangre
del prójimo y el sol se agolpa
encima de los techos y difusos relojes.
Está la puerta al cielo,
la única puerta por donde se entra moribundo;
y también a la del infierno,
según nos dice la ciega respiración del estertor.
Todas reciben los ojos fatigados desde fuera,
la mirada ardiente y el ojo del aire,
la herida del allanamiento,
y el humo herido de las calles.

Siempre están expuestas al grito y a la náusea,
a los reflectores de las ardillas irascibles,
a las armas barrocas de las colegialas,
a la fermentación de la luna
y sus gritos,
a la duda de las gafas que pululan en las calles
de manera acechante.
 La noche las posee en sus brazos y las despierta el día
con sus libras de seducciones azules,
con la respiración del mar tendida en el pecho…
Cerradas, el oído es el único centinela que las acaricia
con sigilosa vestimenta.
Algo de ellas describe la respiración del mundo.
Algo de ellas, las diferentes las caras del mundo
—lugar desde donde crujen las escenas:
los juegos de la vida como el ojo abierto en el entresueño.

Callan entre las manos
—celdas a borbotones aferrándose al vacío.
Sobre el quicio, la porfía del polvo,
los objetos de la bruma,
el eructo de las piedras,
la sangre en lívidos vasos boca arriba de las sombras,
ojos de pronto sin sonrisa.
A la distancia la noche las enfría.
Una y otra vez el rostro las desvela.
Una y otra vez guardan las brasas del día
y los rostros huidizos
de su propio umbral.
Al tocarlas se estremece su corteza, su madera vestida
de barniz o sus vigorosos secretos,
transeúntes extraviados del tiempo.

En cada puerta los ojos atraviesan el día.
La fiebre del alba que baja de la noche.

Es otro cuerpo cubriendo los huecos de la casa,
otra sombra perenne del tiempo.
Otro espíritu que vigila el sueño.
Nadie  las releva de su abismo noctámbulo.
Nadie hace posta con sus dientes
mientras la hecatombe las acecha
con su vértigo de frenéticos deseos,
con sus enfurecidos pies de ladridos.
Los perros de vez en cuando son centinelas;
pero se aterran cuando escuchan
ecos de ávidos juguetes,
cuando las sombras deambulan con máscaras.
A través de ellas el País se vuelve silencioso.
El asombro se afana en deseos.
De par en par salen todas las telarañas
y las horas profundas del secreto.

Nadie podrá quitarlas por más que las derriben.
Fueron hechas para guardar las pestañas
y esa realidad frenética que el escalofrío padece
como una realidad de fantasmas.
Fueron hechas para detener la fuga o el galope,
para que  la próxima muerte
no transite sobre sus muslos de dádiva.

Del libro “INTIMIDAD DEL DESARRAIGO”, 2008 (Inédito) 130 pp
© André Cruchaga

jueves, 18 de enero de 2018

DESHORA DEL PRESENTE

Imagen: Pinterest






DESHORA DEL PRESENTE




El hombre es el único que sólo es tal como él se concibe,
sino tal como él se quiere, y como se concibe después…
Jean Paul Sartré




El presente es un enunciado que deja caerse ante los ojos del ciego;
no perpetuo como dijera Octavio Paz.

No lo es cuando existimos
de prestado, mientras preguntamos a las sombras
qué zapatos calzan las palabras.

Dicen que los poetas ahora están en la tierra gracias a Nicanor Parra.
Yo digo que siempre lo han estado
con otras vestimentas y bufandas.
César Vallejo fue antes y, sin embargo,
el hombre moría en cada poema:
el poema es un relámpago verde incendiando el pensamiento.

Lo fugaz es el nombre actual de la vida;
lo perenne es para museos.
O para las murallas desangradas de las pulsaciones.

La palabra se hace cada día en un instante de crisis y agonía.
Nunca en el sosiego de las paredes nace el deseo,
ni se abre la rueda
del calendario.
El planeta se divide entre normales y suicidas,
entre plazas y abismos,
—deshora efímera del presente, parpadeo
mutable de ese Cristo que habla por la boca de cada buen samaritano.

Desde hoy habrá de escribir poemas en el lomo del centelleo;
así no tendrán cabida los arqueólogos
de la poesía que se pasan la vida
descifrando consonantes
en las mamposterías de las solapas de los libros.
Lo sueños no pueden nacer,
siempre se quedan en el inconsciente
repartiendo el humo inverosímil de los pájaros en el fondo del pan.
Aunque “una tirada de dados nunca abolirá”
—como dijo Mallarmé—,
“la apariencia del fuego”, este infinito cierto de lo intangible…

Allí la claridad tiene hilos retorcidos. 
Allí el presente es copia del pasado.
“Cuando nada se desea —acotaba José Hierro— todo se posee”.
El tiempo no tiene ángeles,
sino granito, por más que se invoquen
y se desvelen los símbolos de hoy.
Allí es vivir imperativamente
y atravesar la tierra nombrando todo lo que fenece,
madera y pasos,
sin poseer nada más que la absoluta modulación de la muerte:
frontera de este vivir huyendo,
hierba en cuya palabra el artificio
es parte inminente de una memoria inexacta.

Mi estupor frente al presente,
siempre me viene como una castración a la inocencia.

Su póstuma mano es capaz
de cegar las pupilas y dar un puntapié
a la esperanza y al desdoblamiento del susurro que repite los ecos
de la autodestrucción, la misma que se hace ceniza en la mesa,
la misma que lanza un réquiem
e inunda de rezos fatuos al hombre.
En nuestra propia envoltura,
eyaculamos besos hedonistas y sádicos;
la memoria no nos sirve para otra cosa,
sino para ensalzar la polilla de la historia,
retrato de una otredad minoritaria.

La desconfianza es nuestro transitado camino del presente.
Yahvé  cambió la identidad del tiempo vital
tras la veda del conocimiento.
Un tiempo y otro: la negación de vivir una sola vez,
la falacia
de una identidad única,
acaso cósmica utopía de una “esperanza
sin recuerdos”,
sin los ojos abiertos de los brazos y las raíces…

Barataria, 21.06.2008.
Del libro “INTIMIDAD DEL DESARRAIGO”, 2008 (Inédito) 130 pp
© André Cruchaga

miércoles, 17 de enero de 2018

VUELO PERMANENTE

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VUELO PERMANENTE




No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el
vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar
las maderas de la adolescencia.
Francisco Urondo




Hay a diario una ráfaga de ojos y pestañas volando sobre las sienes.
En las formas del cansancio, sin embargo, 
volar es cambiar
de mirada el universo, el abismo,
y esa eternidad que no existe,
de alguna forma extraviada en el traspié de ficticios tragaluces.
Si uno no vuela significa contar la palabra sin nombrarla,
es dislocar la casa, abandonar el lápiz de la luz,
el cuaderno cuadriculado del alfabeto,
el armario donde la piel guarda los poemas o parte de ese mundo
—forma múltiple de jeroglíficos,
lenguaje abisal sobre papel.

En las calles,
los ruidos húmedos del invierno,
lamen la conciencia.

Pese a ello, leemos en el aire ciertas horas infinitas.
Los objetos
como pájaros,
levitan sin resistirse en la memoria.

Abren su apretada materia hasta ser la respiración del viento,
la madera que nos vuelve al origen:
tierra y luz con sus brazos de buenos interlocutores.
Si bien cada día nos fundimos en monólogos
y las estrellas juegan a ser párpados,
hasta aumentar la monotonía de las luciérnagas,
hay necesidad de aprender a vivir cada uno,
descifrando las propias
claves que la garganta atesora en las esquirlas de los epígrafes,
en los trenes de la noche,
en las esquinas pululantes de las sombras.

En las calles hay de todo. (Historias de oscuros pozos y golpes.)
—Hay olvidos para caminar sobre la rosa fugitiva.

Las imágenes circulan como charcos.
Los espejos son más elocuentes
cuando copian tantas horas convertidas
en arrugas y las pupilas sirven de brújula sobre el lomo de relojes.

En el vuelo hay una superficie de lámparas:
—puerta donde el lenguaje inaugura los sonidos,
la ilusión de uno mismo,
el ser o no ser, desde las sienes encendidas para fundar la luz
sobre el dintel de la esperanza,
forma sin duda,
del follaje sobre la almohada,
del mirar sin obedecer, huella para el mañana,
forma en el pecho de la trementina  hasta florecer de cuna a cama.

El deterioro de los zapatos no es tumba,
sino ejercicio de muchos encuentros,
de espacios caminados todavía existentes como ecos.

Cada día los pasos reinician un titánico juego de pelota
en esta tierra mísera
donde los analistas elaboran oscuras estadísticas
y bailan diabólicamente sobre los sesos.

Son patéticos sus argumentos 
y sus dientes de fatídica neblina y rostro de abismo.
Aquí todavía Dios brama en los ijares y hace llover dinosaurios:
Heráclito se gozaría con celular en este siglo veintiuno.
Hablamos
del cambio y ese cambio es ciego por dentro,
feroz astilla de la risa.
En cuanto al vuelo,
el galope sigue centelleante, sin parar.

De sol a sol, entre la farsa,
vuelo con absoluta lucidez sobre el aire,
porque a fin de cuentas,
qué es uno si sólo se queda a contemplar
la sabiduría de los epitafios
y los informes líquidos de las lágrimas?...

La respuesta hay que buscarla en las piedras o en el atajo
callado de los huesos
o en el sepia interminable de los papiros,
o en la entraña dislocada del hombre.
O en esa sombra febril que duerme junto a uno.

(El vuelo siempre tiene la grandeza de la lejanía inexpresable;
es día y noche como dos brazos que nunca claudican.)

Barataria, 07.VI.2008.
Del libro “INTIMIDAD DEL DESARRAIGO”, 2008 (Inédito) 130 pp
© André Cruchaga

martes, 16 de enero de 2018

HIMNO A LA LLUVIA

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HIMNO A LA LLUVIA




En los tiempos de lluvia el cielo llega hasta la infancia.
Los hilos del agua rasgan los poros;
la noche se hace diadema,
los pájaros se albergan en la memoria,
el misterio de los sapos
trasluce  espejos de increíbles alucinaciones. 

La lluvia danza
hasta hacer de los zapatos un magma de falsos susurros.
En ella hay aromas que guarda la memoria:
parajes, insectos, sueños con esa savia de la vida,
sueños de inédito viento,
enredaderas que el sueño respira en su luz insomne.
Lechos de agujas líquidas segadoras de ardores.

¿Qué es la infancia sin la lluvia y los barquitos de papel
sedientos de mar, de ríos?
 ¿Qué es la infancia sin jugar a la noche aterida,
o a las ventanas donde los ángeles asoman sus alas azules?
—Alucino frente a esas alambradas líquidas.

Un niño como yo ríe junto a los harapos que lo abrigan.

Un niño como todos los niños
no cesa de escuchar las flautas del agua,
ni se amilana frente a las lámparas
desprendidas del cielo,
ni envuelve su rostro  con alfombras
de póstumos ojos y trémulo desdén.

El frío rechina  en los dientes con su caminar desairado.
Fluye memorable como el pájaro en la rama.

Todo es inocente
en este caminar vacilante de instintivos anillos de agua.

Los árboles ebrios esperan
como libros guardados en una estantería;
los espejos en cada gota retratan transeúntes de irreales fuegos.
A través del silencio la luz se hace más verosímil.
A través de la luz,
los ojos beben y respiran las raíces de la condición humana.
De ella levantamos sábanas gloriosas:
gratificante es su líquido encendido,
madre del sueño en la complicidad del tiempo.

El ruido de los trenes se vuelve alada flauta,
aleteante pez
con el que las tormentas lamen las aceras y desatan intrépidas voces.
Jamás he podido sustraerme a esos rieles audibles.
La aspiro en el desvelo y el ansia:
respiro cincelado de mi infancia.
(Sobre la tierra la miseria apretando los cadáveres
Con su amargo ahogo de puñales.)

Tengo su luz opaca en mi almohada como borbollón de aureolas.
Y así seguiré con ese niño a solas en la fragancia del azúcar,
en la temperanza de la canela,
en la celeste burbuja de la inocencia;
pues la lluvia es mi encuentro,
el perfume concebido de la ropa,
la costilla inconclusa en mi oleaje,
la luciérnaga perdida en su florescencia:
anhelo infinito
de mojar todas las ausencias.

Hoy me hago niño para transpirar toda la timidez obsesa,
todo el día condenado a la agonía,
carne doliente, infinita hoguera,
ceniza donde habitan cábalas de abismo,
cuerda floja del aletazo y la ráfaga.

La lengua devasta en su ficción ponzoñosa;
mientras la armonía,
quiere abrir su pecho de condensados colibríes.

De súbito los ramajes se cuelgan de las ventanas,
sacuden su arcano,
y transpiran esa tinta del invierno acumulada en la memoria.

Recuerdo cada golpe del aliento de la neblina
sobre las mejillas:
caballos en cada gota giratoria,
surcos de sal, voraces, gotean patéticas gargantas.
Pero aún así, los sueños secretos, del niño,
del adulto  o del poeta,
siguen en “trance hacia el rocío”.
Siguen los cielos trabajando en el ojo de las palabras.

Del libro “INTIMIDAD DEL DESARRAIGO”, 2008 (Inédito) 130 pp
© André Cruchaga